viernes, 10 de febrero de 2017

Romance de la misa de amor

Madonna de Belvedere (Fragmento)
Rafael de Sanzio

Mañanita de San Juan,
mañanita de primor,
cuando damas y galanes
van a oír misa mayor.
Allá va la mi señora,
entre todas la mejor;
viste saya sobre saya,
mantellín de tornasol,
camisa con oro y perlas
bordada en el cabezón.
En la su boca muy linda
lleva un poco de dulzor;
en la su cara tan blanca,
un poquito de arrebol,
y en los sus ojuelos garzos
lleva un poco de alcohol;
así entraba por la iglesia
relumbrando como el sol.
Las damas mueren de envidia,
y los galanes de amor.
El que cantaba en el coro,
en el credo se perdió;
el abad que dice misa,
ha trocado la lición;
monacillos que le ayudan,
no aciertan responder, non,
por decir amén, amén,
decían amor, amor.

Romance de la doncella guerrera


-Pregonadas son las guerras
de Francia con Aragón,
¡cómo las haré yo, triste,
viejo y cano, pecador!
¡No reventarás, condesa,
por medio del corazón,
que me diste siete hijas,
y entre ellas ningún varón!

Allí habló la más chiquita,
en razones la mayor:
--No maldigáis a mi madre,
que a la guerra me iré yo;
me daréis las vuestras armas,
vuestro caballo trotón.
--Conoceránte en los pechos,
que asoman bajo el jubón.
--Yo los apretaré, padre,
al par de mi corazón.
--Tienes las manos muy blancas,
hija, no son de varón.
--Yo les quitaré los guantes
para que las queme el sol.
--Conoceránte en los ojos,
que otros más lindos no son.
--Yo los revolveré, padre,
como si fuera un traidor.
Al despedirse de todos,
Se le olvida lo mejor:
--¿Cómo me he de llamar, padre?
--Don Martín el de Aragón.
--Y para entrar en las cortes,
padre, ¿cómo diré yo?
--Bésoos la mano, buen rey,
las cortes las guarde Dios.

Dos años anduvo en guerra
y nadie la conoció,
si no fué el hijo del rey
que en sus ojos se prendó.
--Herido vengo, mi madre,
de amores me muero yo;
los ojos de don Martín
son de mujer, de hombre no.
--Convídalo tú, mi hijo,
a las tiendas a feriar;
si don Martín es mujer,
las galas ha de mirar.
Don Martín, como discreto,
A mirar las armas va:
--¡Qué rico puñal es éste,
para con moros pelear!
--Herido vengo, mi madre,
amores me han de matar;
los ojos de don Martín
roban el alma al mirar.
--Llevaráslo tú, hijo mío,
a la huerta a solazar;
si don Martín es mujer,
a los almendros irá.
Don Martín deja las flores;
Una vara va a cortar:
--¡Oh, qué varita de fresno
para el caballo arrear!
--Hijo, arrójale al regazo
tus anillos al jugar:
si don Martín es varón,
las rodillas juntará;
pero si las separase,
por mujer se mostrará.
Don Martín, muy avisado,
Hubiéralas de juntar.
--Herido vengo, mi madre,
amores me han de matar;
los ojos de don Martín
nunca los puedo olvidar.
--Convídalo tú, mi hijo,
en los baños a nadar.

Todos se están desnudando;
Don Martín muy triste está:
--Cartas me fueron venidas,
cartas de grande pesar,
que se halla el conde mi padre
enfermo para finar.
Licencia le pido al rey
Para irle a visitar.
--Don Martín, esa licencia
no te la quiero estorbar.
Ensilla el caballo blanco,
De un salto en él va a montar;
Por unas vegas arriba
Corre como un gavilán:
--¡Adiós, adiós, el buen rey,
y tu palacio real;
que dos años te sirvió
una doncella leal!
Oyela el hijo del rey,
Tras ella va a cabalgar.
--Corre, corre, hijo del rey,
que no me habrás de alcanzar
hasta en casa de mi padre,
si quieres irme a buscar.
Campanitas de mi iglesia,
Ya os oigo repicar;
Puentecito, puentecito
Del río de mi lugar,
Una vez te pasé virgen,
Virgen te vuelvo a pasar.
Abra las puertas mi padre,
Ábralas de par en par.
Madre, sáqueme la rueca,
Que traigo ganas de hilar,
Que las armas y el caballo
Bien los supe manejar.
Tras ella el hijo del rey
A la puerta fue a llamar.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Romance de las tres cautivas

Para que comprendáis mejor el modo de interpretar los romances en la Edad Media esta vez os lo presento en un vídeo en el que se incluye el acompañamiento musical característico de la época. La interpretación corre a cargo  de "La Marca de Ifigenia" en la Carrera del Gancho 2013.

En el campo moro, 
entre las olivas,
allí cautivaron
tres niñas perdidas; 
el pícaro moro 
que las cautivó 
a la reina mora 
se las entregó. 
-Toma, reina mora, 
estas tres cautivas, 
para que te valgan, 
para que te sirvan. 
-¿Cómo se llamaban?, 
¿Cómo les decían? 
-La mayor Constanza, 
la menor Lucía,
y la más chiquita, 
la llaman María. 
Constanza amasaba, 
Lucía cernía,
y la más chiquita 
agua les traía.  
Un día en la fuente, 
en la fuente fría, 
con un pobre viejo, 
se halló la más niña. 
-¿Dónde vas, buen viejo, 
camina, camina?
-Así voy buscando 
a mis tres hijitas. 
-¿Cómo se llamaban? 
¿Cómo les decían? 
-La mayor Constanza,
la menor Lucía, 
y la más pequeña, 
se llama María.
-Usted es mi padre.
-¡Tú eres mi hija! 
-Yo voy a contarlo 
a mis hermanitas. 
-¿No sabes, Constanza, 
no sabes, Lucía,
que he encontrado a padre 
en la fuente fría? 
Constanza lloraba,
lloraba Lucía, 
y la más pequeña 
de gozo reía.  

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Romance de Abenámar




-¡Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había!
Estaba la mar en calma, 5
la luna estaba crecida:
moro que en tal signo nace:
no debe decir mentira.
Allí respondiera el moro,
bien oiréis lo que decía: 10
-No te la diré, señor,
aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro
y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho 15
mi madre me lo decía:
que mentira no dijese,
que era grande villanía;
por tanto pregunta, rey,
que la verdad te diría. 20
-Yo te agradezco, Abenámar,
aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?
¡Altos son y relucían!
-El Alhambra era, señor, 25
y la otra la mezquita,
los otros los Alixares,
labrados a maravilla.
El moro que los labraba
cien doblas ganaba al día, 30
y el día que no los labra,
otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,
huerta que par no tenía.
El otro Torres Bermejas, 35
castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía:
-Si tú quisieses, Granada,
contigo me casaría; 40
darete en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla.
-Casada soy, rey don Juan,
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene 45
muy grande bien me quería.

Romance de Gerineldo



   Levantóse Gerineldo             
        que al rey dejara dormido,              
        fuese para la infanta           
        donde estaba en el castillo.            
        -Abráisme, dijo, señora,         
        abráisme, cuerpo garrido.               
        -¿Quién sois vos, el caballero,                 
        que llamáis a mi postigo?               
        -Gerineldo soy, señora,                 
        vuestro tan querido amigo.              
        Tomárala por la mano,           
        en un lecho la ha metido,               
        y besando y abrazando           
        Gerineldo se ha dormido.                
        Recordado había el rey          
        de un sueño despavorido;                
        tres veces lo había llamado,            
        ninguna le ha respondido.               
        -Gerineldo, Gerineldo,          
        mi camarero pulido,             
        si me andas en traición,                
        trátasme como a enemigo.                
        O dormías con la infanta                
        o me has vendido el castillo.           
        Tomó la espada en la mano,              
        en gran saña va encendido,              
        fuérase para la cama            
        donde a Gerineldo vido.                 
        Él quisiéralo matar,            
        mas criole de chiquito.                 
        Sacara luego la espada,                 
        entre entrambos la ha metido,           
        porque desque recordase                 
        viese cómo era sentido.                 
        Recordado había la infanta       
        y la espada ha conocido.                
        -Recordaos, Gerineldo,          
        que ya érades sentido,          
        que la espada de mi padre               
        yo me la he bien conocido.     

Romance del enamorado y la muerte



Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca
muy más que la nieve fría.
- ¿Por dónde has entrado amor?
¿Cómo has entrado mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
- No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
- ¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
- Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy de prisa se calzaba,
más de prisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
- ¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta niña!
- ¿Como te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
- Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
- Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
- Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Romance de don Bueso



Lunes era, lunes
de Pascua florida,
guerrean los moros
los campos de Oliva.
¡Ay campos de Oliva,
ay campos de Grana,
tanta buena gente
llevan cautivada!
¡Tanta buena gente
que llevan cautiva!,
y entre ellos llevaban
a la infanta niña;
cubierta la llevan
de oro y perlería,
a la reina mora
la presentarían.
—Toméis, vos, señora,
esta cautivita,
que en España toda
no la hay tan bonita;
toméis vos, señora,
esta cautivada,
que en todo tu reino
no la hay tan galana.
No la quiero, no,
a la cautivita,
que el rey es mancebo,
la enamoraría.
—No la quiero, no,
a la cautivada,
que el rey es mancebo,
la enamorara.
—Mandadla, señora,
con el pan al horno,
allí dejará
hermosura el rostro;
mandadla, señora,
a lavar al río,
allí dejará
hermosura y brío.
Paños de la reina
va a lavar la niña;
lloviendo, nevando,
la color perdía;
la niña lavando,
la niña torciendo,
aun bien no amanece
los paños tendiendo.
Madruga Don Bueso
al romper el día,
a tierra de moros
a buscar amiga.
Hallóla lavando
en la fuente fría:
—Quita de ahí, mora,
hija de judía,
deja a mi caballo
beber agua limpia.
—¡Reviente el caballo
y quien lo traía!,
que yo no soy mora
ni hija de judía,
sino una cristiana
que aquí estoy cautiva.
—¡Oh qué lindas manos
en el agua fría!,
¿si venís, la niña,
en mi compañía?
¡Oh qué blancas manos
en el agua clara!
¿si queréis, la niña,
venir en compaña?
—Con un hombre solo
yo a fe no me iría,
por los altos montes
miedo te tendría.
—Juro por mi espada,
mi espada dorida,
de no hacerte mal,
más que a hermana mía.
—Pues ir, caballero,
de buen grado iría.
¿Paños de la reina
yo qué los haría?
—Los de grana y oro
tráelos, vida mía,
los de holanda y plata
al río echarías.
Y digas, la niña,
la niña garrida,
¿has de ir en las ancas
o has de ir en la silla?
—Montaré en las ancas
que es más honra mía.
Tomóla don Bueso,
a ancas la subía.
Tierras van andando,
tierras conocía,
tierras va mirando
da en llorar la niña.
—¿Por qué lloras, flor,
por qué lloras, vida?,
¡maldígame Dios
si yo mal te haría!
—¡Ay campos de Grana,
ay campos de Oliva,
veo los palacios
donde fui nacida!
Cuando el rey mi padre
plantó aquí esta oliva,
él se la plantaba,
yo se la tenía,
mi madre la reina
bordaba y cosía,
yo como chiquita
la seda torcía,
mi hermano don Bueso
los toros corría;
yo como chiquita
la aguja enhebraba,
mi hermano don Bueso
caballos domaba.
¡Abrid puertas, madre,
puertas de alegría,
por traeros nuera
traigo vuestra hija!
—¡Si me traes nuera,
sea bien venida!
Para ser mi hija,
¡qué descolorida!
—¿Qué color, mi madre,
qué color quería,
si hace siete años
que pan no comía,
si no eran los berros
de una fuente fría
do culebras cantan,
caballos bebían?
¡Si no eran los berros
de unas aguas margas
do caballos beben
y culebras cantan!
¡Válgame Dios, valga,
y Santa María!
¡Ay campos de Grana,
ay campos de Oliva!